Narrar la vulnerabilidad
«Los celos son verdes: lo dijo Shakespeare; pero no verde pasto sino verde bilis, y son horribles. Son un pulpo de ácido muriático nadándole por la vida a quien los sufre, una especie de navaja embravecida patinándole en el estómago del alma. Existe consenso general respecto a que representan una probadita del infierno, y hay a quien le toca sentirlos desde los dos años con la feliz llegada de un hermanito, pero no hay nadie decente a quien no le toque sentirlos nunca. No obstante, todos hacen como que no, nada más para no aderezarlos encima con la humillación, porque en esta sociedad macha, supuestamente habitada por Rambos psíquicos que todo lo pueden y nada les duele, los celos tienen muy mala fama».
Así empieza el ensayo Los celos, tan divertido como brillante, de Pablo Fernández Christlieb. En él, la idea del «Rambo psíquico» condensa con precisión la exigencia tan extendida de mantener una relación instrumental con el dolor.
Se espera que lo «gestionemos» como si fuera una mercancía y nosotros simples administradores. Que lo nombremos, pero solo si es para cambiar cualquier etiqueta negativa por pensamientos positivos. Y, sobre todo, que lo transitemos en soledad, de preferencia en terapia. Pareciera que incluso los dolores colectivos debieran paliarse de manera individual.
Pero todo esto omite algo fundamental: que los animales, entre ellos los humanos, somos vulnerables por naturaleza, y que para transitar esa condición nos necesitamos unos a otros. Lo explica con claridad Alasdair MacIntyre en Animales racionales y dependientes: «La forma como cada uno se enfrenta a ello depende sólo en una pequeña parte de sí mismo. Lo más frecuente es que todo individuo dependa de los demás para su supervivencia, no digamos ya para su florecimiento».
Por lo tanto, nombrar y narrar la vulnerabilidad es indispensable. Pero este concepto no se reduce al dolor. Está también en los vínculos, en el amor y en lo cotidiano. Y precisamente porque es algo tan humano, la literatura ocupa un lugar clave. Cada vez necesitamos con mayor urgencia refugios narrativos, de los que habla Byung-Chul Han en La sociedad paliativa.
Él señala que en una sociedad que busca anestesiar el dolor: «El hombre pierde un refugio narrativo, y por tanto también la posibilidad de un dolor albergado simbólicamente. Estamos expuestos sin protección al cuerpo desnudo, vaciado de sentido y de lenguaje».
En la literatura infantil y juvenil, aunque con frecuencia se buscan versiones edulcoradas o alineadas a valores dominantes, también existen textos que abren espacios para mirar la vulnerabilidad desde un lugar seguro. En ese sentido, considero que Mi pequeño gran papá y El soldadito son dos bellos y habitables refugios narrativos.
1. Mi pequeño gran papá

Este libro escrito e ilustrado por Mari Kanstad Johnsen y publicado por Niño Editor, comienza con la imagen de un enorme papá contemplando la playa con Maia, su muy pequeña hija. Con entusiasmo le dice:
—¡Pensar que vamos a estar acá una semana entera, Maia! Vamos a luchar contra las olas, vamos a comer calamares vivos y nos deslizaremos a lo loco por los toboganes.
Maia, en cambio, mira el entorno con intimidación. Desde el inicio, el sentido del libro se construye en el juego entre texto e imagen: mientras papá aparece como una figura desbordada, incluso «mucho más alto que las olas», como dice en una de sus páginas, Maia ocupa un lugar mínimo frente a ese mundo que le parece amenazante.

Más adelante visitan el zoológico. Papá continúa disfrutando cada momento, al tiempo que Maia fija su atención en una pequeña tortuga que, como ella, se esconde en su caparazón. Papá, distraído, toma de la mano a un chango y sigue caminando sin darse cuenta de que ha dejado atrás a su hija.
En ese momento Maia se percata de que lo ha perdido. Al principio se asusta pero luego empieza a ganar confianza. Sabe que lo encontrará, así que decide disfrutar algo de lo que le ha atemorizado, como pedir un helado en medio de una grande y gritona multitud (cosa que los tímidos entendemos bien).

En paralelo, papá entra en pánico y comienza a buscarla desesperadamente.

Ahí el lenguaje visual intensifica el giro emocional, pues el tamaño de papá disminuye de forma progresiva y Maia crece. El final es conmovedor: al reencontrarse, ella es mucho más grande que su padre. Es hermoso lo que la imagen transmite porque nos damos cuenta de que Maia se acerca a sus miedos, mientras papá se enfrenta a su propia vulnerabilidad. De pronto la historia se reconfigura: ella gana seguridad y perdemos la imagen que teníamos de él como un Rambo psíquico (¡y físico!)

2. El soldadito

Por otro lado, y en un registro muy distinto, El soldadito de Cristina Bellemo, ilustrado por Verónica Ruffato y publicado por Océano Travesía, tiene como protagonista a un niño soldado.

Su mundo está reducido a la repetición de la guerra, sin respiro:
«Marchar atacar apuntar disparar retirarse.
Marchar atacar apuntar disparar retirarse.
Marchar atacar apuntar disparar…»

Una noche nevada, el soldadito llega a un lugar distinto donde, por primera vez, no entra derribando la puerta, sino llamando. Dentro lo recibe un hombre grande. El lugar contrasta con la violencia exterior: es cálido, huele bien y, sobre todo, hay tranquilidad. Incluso los tonos del libro comienzan a ser amarillos para mostrar la iluminación.

Ahí algo empieza a cambiar. El soldadito se desprende del uniforme, deja paulatinamente su actitud defensiva y entra en contacto con el cuidado, algo que desconocía. El hombre y él comparten comida, palabras, música; así que baja la guardia:
«Antes de caer dormido, un pensamiento pequeño, pequeño como esa casa, le vino a la cabeza.
Y por primera vez, no era la guerra.
Y como no era la guerra, el soldadito pensó que era la paz».

A diferencia de Mi pequeño gran papá, la vulnerabilidad no aparece como un tránsito hacia la autonomía ni como el reflejo de miedos que nos son inherentes. Aquí hay una interrupción radical de la lógica de guerra. El soldadito deja de estar en peligro y encuentra refugio en un hogar donde la vulnerabilidad se convierte en una condición para el cuidado. Esto le permite imaginar otra forma de estar en el mundo.
- Conoce el libro con la narración de Pablo del Valle, profesor y miembro de Troquel.
- También puedes ver el booktrailer aquí.
Narrar la vulnerabilidad
Elegí estas obras porque, si bien su temática es muy distinta, dialogan en algo puntual: la vulnerabilidad no pertenece a un tipo de experiencia en particular, sino que está en todas partes. Aparece en lo cotidiano, como el temor de Maia frente a un mundo que la sobrepasa y que todos hemos sentido alguna vez; pero también en contextos extremos de injusticia, como el de un niño soldado en la guerra. En ambos casos podemos observar que no se trata de un estado fijo, más bien, esta condición se transforma y se vuelve posible en el contacto amoroso con los demás.
En este punto aparece también el lugar de la suavidad y la bondad en contraposición a la idea de los Rambos psíquicos. En su bellísimo artículo Me erotiza la gente buena, Irene Vallejo lo dice con claridad:
«La lógica de la competición a ultranza nos exige convertirnos en triunfadores. Mil veces escuchaste la advertencia: quienes te rodean son rivales. Se aprovecharán de ti. Enseña los dientes, jamás te muestres débil. Eres demasiado ingenua, vas con un lirio en la mano. No sabes poner límites. Como si el problema fuera tuyo; como si la bondad fuese una deficiencia de carácter, una insignia de perdedores».
Y más adelante continúa:
«Tras siglos de fascinación por el misterio y el imperio del mal, nuestras historias sobre gente bienintencionada se cuentan en clave cursi o remilgada, incluso paródica. Salvo en las monsergas a los niños que incordian –¡pórtate bien!– o agazapada en la sobredosis de almíbar navideño, la bondad tiene una reputación aburrida, insulsa, moralizadora y pusilánime. Se elogia episódicamente, pero se devalúa por sistema».
Por eso, es importante leer y contar historias donde no se busque ocultar o superar la vulnerabilidad, pues como escribe Byung-Chul Han, la narración puede ser una forma de reorganizar el sufrimiento. De lo contrario, el dolor queda disperso, pierde sentido y se reduce a algo que debe gestionarse o eliminarse. En cambio, al ser narrado, encuentra un lugar donde puede sostenerse y adquirir significado.
Así, Mi pequeño gran papá y El soldadito funcionan como refugios narrativos cálidos y sensibles. En ellos, la vulnerabilidad deja de ser un problema individual para entenderse como una condición profundamente relacional, donde los vínculos, el contexto y la posibilidad de cuidado se convierten en sostén. Son narraciones que refuerzan el planteamiento de Alasdair MacIntyre: aunque luchemos contra ello, somos seres vulnerables y dependientes. Y frente a la exigencia de la dureza, este tipo de historias abren la posibilidad de otras formas de vivir, relacionarnos y cuidarnos.
Referencias
- Alasdair MacIntyre. 1999. Animales racionales y dependientes. Por qué los seres humanos necesitamos las virtudes. Paidós.
- Byung-Chul Han. 2020. La sociedad paliativa. Herder.
- Irene Vallejo. 2023. Me erotiza la gente buena. Proyecto Diez.
- Pablo Fernández Christlieb. 2005. La velocidad de las bicicletas. Vila Editores.
