Una pausa involuntaria

Ilustración: Max Velthuijs. Sapo es sapo. Ekaré.

Siendo objetiva, este 2025 no me ha tratado mal. Aun así, lo he vivido como un periodo duro, lleno de bloqueos y cuestionamientos. Ha sido de los años en los que menos he leído y escrito. Intento rastrear cómo empezó este bloqueo, y el primero lo tengo clarísimo: surgió después de leer Patria de Fernando Aramburu. El terrorismo es un tema que siempre me ha interesado, y adentrarme en la historia de ETA se volvió especialmente desafiante porque, como suele ocurrirme, me involucré demasiado. Tras terminar el libro vinieron meses de obsesión que resultaron agotadores. A veces quisiera que mi cerebro no funcionara así, pero qué se le va a hacer…

Sin embargo, el bloqueo de escritura tiene una causa más profunda. Es en esta actividad que tanto disfruto donde a veces encuentro mis mayores limitaciones, y por eso me frustra tanto cuando siento que no puedo. Cuando escribo, es como si saliera un espíritu aventurero del que físicamente carezco (ha sido un año también para reconocer sin pena que no me gustan las aventuras). Y, sobre todo, es donde mantengo viva la esperanza: la ilusión de que algunas cosas cambien, de que lo que plasmo se convierta en acciones personales y en pequeñas transformaciones en mi entorno. También me mueve el agradecimiento hacia quienes me han compartido que mis textos los han acompañado o los han llevado a pensar en cosas que no habían considerado, o que simplemente les han gustado. Pero este año, con el regreso del cerdo de Trump, esa esperanza se ha tambaleado y, con ella, mi inspiración. Hasta me he cuestionado si acaso tengo algo relevante que decir.

Al mismo tiempo, en México, mi país, la ultraderecha insiste en ganar poder. Y como sabemos, su lenguaje es la violencia y su motor es el odio. Prevalece la búsqueda de una hegemonía de pensamiento, el apego al neoliberalismo más radical y el beneficio de unos cuantos frente al desprecio hacia la mayoría. A esto se suman en todo el mundo prácticas racistas cada vez más normalizadas, una web que nos deshumaniza, el lado más oscuro de la IA y un genocidio en curso donde se han cometido atrocidades que jamás pensé posibles. Todo esto entre muchas cosas más.

En fin, no quiero convertir esta publicación en una explosión de tripas y bilis. Más bien quiero compartir que estos meses, que yo misma había etiquetado como un desperdicio por no leer ni escribir como me gustaría (porque claro, en un rincón de mi cabeza vive un pequeño dictador que insiste en que debo producir y producir, incluso cuando intento rebelarme contra eso), no han sido tal cosa.

He madurado mucho en mi pensamiento social y político; sobre todo, he ganado algo que antes no sentía: una seguridad profunda en lo que creo y en lo que defiendo. He entendido que no necesito justificarlo todo el tiempo ni ganar todos los debates. Que incluso puedo abstenerme de debatir y no pasa nada, por algo nací con una capacidad sobresaliente para dar el avión. Gran parte de esto ha sido gracias a las largas conversaciones que tengo con mi mamá de todos los temas que se puedan imaginar; hablar con ella es escucharla, pero también escucharme en mi versión más transparente y honesta. Ya no me da miedo decirlo, ni me incomoda ganarme motes como “zurda de mierda”. Zurda sí, de mierda no.

Gracias a esto, han vuelto la inspiración y las ganas, y ya tengo en mente varios temas sobre los que quiero escribir y que me emociona compartir con quienes me leen. No quiero decir que el blog tendrá una línea estricta, no soy así, ni pretendo imponerme un plan del cual no desviarme, porque claro que me voy a desviar. Mucho de lo que escribo nace de lo que vivo en el momento, y eso no puedo preverlo. Sin embargo, sí tengo claro que quiero enfocarme más en temas de alfabetización política y en abrir espacios de reflexión sobre lo que ocurre, especialmente en México y Latinoamérica.

Seguiré compartiendo textos sobre literatura infantil y juvenil, eso no cambiará e intentaré que siga siendo el hilo conductor de lo que escribo. Pero, en términos generales, lo que más me entusiasma en este momento es poder expresar mis ideas respecto a temas como la ultraderecha y el neofascismo que se cuelan cada vez en más espacios. Quiero seguir nombrando las desigualdades y subrayando lo que a veces pasa desapercibido. Me interesan los llamados «temas desafiantes» en la LIJ, que se alejan del adultocentrismo y dotan de agencia y dignidad a niños y adolescentes. Sobre todo, me ilusiona compartir mi forma de pensar y permitir que se transforme con lo que voy aprendiendo a lo largo del tiempo.

Y es que algo bonito de tener un blog es volver atrás, aunque a veces dé un poco de pena con una misma, y descubrir qué se mantiene y qué ha cambiado. Tal vez ya sea poca la gente que los lee, pero quizá ahí mismo esté su riqueza: lo que se escribe aquí no depende de tendencias, de seguidores ni de vistas. Y eso es, al menos para mí, lo que lo mantiene sincero y cercano. Visto así, si las redes sociales son como los Starbucks y el contenido que se genera se basa en lo que más vende, los blogs son los pequeños cafés locales, que se alegran de crecer, pero sin perder el amor por lo que hacen ni su esencia. He intentado escribir sobre alfabetización el Día Internacional de la Alfabetización, sobre salud mental el Día Mundial de la Salud Mental, seguir tendencias, compartir tips… pero nunca lo logro, porque se siente como obligación, no fluye y siento que se pierde mi autenticidad. Prefiero producir menos pero que me salga del corazón, a creer que entre más seguidores tenga mi trabajo será más valioso.

Bueno, ya me estoy desviando, así que vuelvo al punto. Casi para terminar, quiero compartir mi conclusión de este año: dejar de producir no es perder el tiempo. Al contrario, a veces es el único camino para reencontrarnos y darle sentido a lo que hacemos. Incluso para recuperar lo que creíamos perdido, como la esperanza.

Y con esta pausa involuntaria puedo decir que qué bonito es tener seguridad y claridad en lo que una piensa y cree. Ahora entiendo esa trillada frase de “encontrar nuestra voz”. Para eso no basta leer: también hace falta conversar, escuchar, esperar y, sobre todo, seguir haciendo lo que nos gusta manteniéndonos fieles a nosotros mismos, no al algoritmo.

El 2025 fue un año agotador, uno en el que mi mente no me ha dado tregua. Pero, al final, sospecho que será uno de esos años que más recordaré cuando sea viejita. Y sí, muy probablemente, una viejita zurda llena de esperanza, aún intentando comprender la vida.

2 respuestas a “Una pausa involuntaria”

  1. Las pausas en la vida son necesarias y aportan más de lo que uno se imagina. Generalmente son espacios para crecer. Me alegra que retomes el blog y vengas con nuevos vientos. ¿A dónde te llevaran a dónde nos llevaran ? No lo sabemos, lo valioso es el reencuentro, el volver a mirarse y a sentirse. Muchas gracias por retomar.

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    Pilarica

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