Foto: Cuenta de Facebook del autor
Pocas cosas me enojan tanto como la tibieza frente a lo que sucede a nuestro alrededor. Para mí, una persona tibia es aquella que evita tomar una postura, defender algo o a alguien o comprometerse con alguna causa. La vocación del tibio es la inacción: ¿por qué difundir información de Palestina si en tu país también pasan cosas? ¿por qué te defines de izquierda cuando tienes un nivel económico favorable? ¿crees que escribiendo vas a solucionar algo? En un mundo tan caótico en el que claramente no podemos abarcarlo todo, la tibieza previene el desgaste a la vez que alimenta a los opresores.
Así, en su labor de fantasmas, los tibios eligen los eufemismos y la matización (como el gobierno de México ante la «probable comisión de crímenes» por parte de Israel) e insisten en que siempre hay dos versiones que, además, deben ser consideradas por igual. No importa si es de quien ejerce abuso del poder, de un discurso que violenta a un grupo vulnerable o un genocidio que ocurre ante nuestros ojos.
En un intento por comprender lo que pasa por la mente de un tibio, recurro al gran Paulo Freire y en concreto a su obra Pedagogía del oprimido, donde afirma que esta manera de actuar se debe a un miedo a la libertad que muchas veces es inconsciente. Para él, comprender nuestra libertad implica un grado importante de concientización. Al sabernos libres, aceptamos que jamás tendremos todas las respuestas ni todas las soluciones y esto genera temor a la incertidumbre y al desorden. La mejor defensa es entonces la pasividad y la evasión.
Luego de esta larga introducción, quiero aterrizar en el tema del que se ocupa este artículo: ¿Cómo puede la LIJ evitar la indiferencia e invitar a los lectores a involucrarse activamente en su entorno? La respuesta es muy compleja y no hay un solo camino. Pero hay autores y autoras que trabajan arduamente en esta tarea. Uno de ellos es Peter H. Reynolds.

¿Quién es este autor?
Reynolds es un escritor e ilustrador canadiense que, como dice en su sitio web, busca nutrir el espíritu creativo en las personas. Dentro de su extensa obra, me centraré en The Dot (El punto), que forma parte de su conocida Creatrilogy; Say Something! (¡Di algo!), el libro que me introdujo a su obra; y la serie I am (Yo soy) donde colabora como ilustrador con la escritora Susan Verde.
¡Pero no se asusten! No me detendré en ellas porque eso daría para una tesis entera. En cambio, pretendo esbozar brevemente cada obra para entender cómo el trabajo de este autor contribuye a fortalecer e inspirar a niños y niñas, alentándolos a expresarse, así como a ayudar y actuar frente a las injusticias, elementos centrales en la lucha contra la opresión.
Es importante tener en cuenta que Peter H. Reynolds es conocido por sus obras dirigidas al público infantil y su enfoque se centra en incentivar la creatividad y el empoderamiento en jóvenes lectores.
The Dot llega a las escuelas
Para comenzar, en The Dot conocemos a Vashti, una niña frustrada por no saber dibujar. Al verla, su maestra de arte le dice una de las frases más icónicas del autor: «Haz solo una marca y mira a dónde te lleva.»

Aunque con resistencia al inicio, Vashti gana confianza cuando descubre que un simple punto se transforma en una obra de arte. Al ver su potencial, inspira y guía a otros de la misma forma en que su maestra lo hizo con ella.
Este álbum ilustrado ha trascendido al grado que varias escuelas celebran el Día Internacional del Punto en septiembre, en honor a la creatividad, valentía y colaboración, cualidades que impregnan todo el trabajo de Reynolds. Él destaca el potencial innato de las personas y nos muestra que podemos compartir el amor que recibimos. Para hacerlo, a veces basta con un inicio sencillo y con el coraje de expresarnos.
«Si ves que le están haciendo daño a alguien… ¡di algo con valentía! »
Así como The Dot refuerza la creación y la confianza, Say something! resalta el poder de levantar nuestra voz, no necesariamente hablando o gritando, ya que, como escribe Reynolds «no necesitas ser ruidoso. Las palabras poderosas pueden ser un susurro». Y pueden ser también una pintura, una pancarta, un escrito. Desde el inicio del texto, con la afirmación «El mundo necesita tu voz», se deposita la certeza de que cada niño o niña tiene algo que aportar.

Llegados hasta este punto, reconozco que las circunstancias actuales hacen parecer que este tipo de narrativas pecan de idealistas e incluso cursis. Existe el riesgo que Paulo Freire detecta en su obra citada previamente, al afirmar que su discurso puede considerarse el de «quien se pierde hablando de vocación ontológica, amor, diálogo, esperanza, humildad o simpatía.» Sin embargo, sostiene que es un discurso para personas radicales.
Al respecto, sé que el término radical tiene distintas lecturas, sobre todo si pensamos en los acontecimientos políticos y sociales más recientes. Por eso me permito precisar que, en el contexto de Freire, radical hace referencia a una persona que toma una postura frente a su realidad como individuo y como parte de un grupo y que, por tanto, su discurso no será subjetivista, pues «al implicar el enraizamiento de los hombres en la opción realizada, los compromete cada vez más en el esfuerzo de transformación de la realidad concreta, objetiva.» Podríamos decir que un radical desde esta interpretación es lo contrario a un tibio.
No obstante, no podemos pasar por alto que eliminar la tibieza y radicalizarnos en el sentido propuesto en esta publicación implica un primer paso: reconocer y abrazar nuestra individualidad.

Soy humano
Como guía en este viaje de autodescubrimiento, Peter Reynolds y Susan Verde se han unido para crear una poderosa serie titulada I am, compuesta por: I Am Courage, I Am Human, I Am Love, I Am Me, I Am One, I Am Peace, I Am Yoga y Who I Am.

Es crucial subrayar que la idea de I am, Yo soy, no debe confundirnos. Estos libros no abogan por un discurso meritocrático ni depositan la responsabilidad de lo que ocurre en una sola persona, mucho menos en un niño. Por el contrario, buscan fortalecer la autoestima de los lectores conectando con las emociones cotidianas, muchas veces marcadas por el enojo o la tristeza.

Asimismo, en el prólogo de Pedagogía del oprimido, Ernani María Fiori destaca que «la práctica de la libertad solo encontrará adecuada expresión en una pedagogía en que el oprimido tenga condiciones de descubrirse y conquistarse, reflexivamente, como sujeto de su propio destino histórico.»
En este vínculo que intento hacer con Freire, observo que ambos autores confían en las personas y les otorgan poder. No las victimizan ni las subestiman. Más bien, las reconocen como creadoras y activas, responsables de sus decisiones y con la capacidad de adoptar una postura que no los condene a la inacción en una realidad tan compleja.
Así que ¡DI ALGO!
La LIJ es muy generosa porque, aunque se dirija a los más pequeños, los adultos siempre encontramos distintas vías para interpretarla a partir de nuestras experiencias. Desde la mía, puedo decir que da mucho miedo decir algo y que en ocasiones nos callaremos porque a veces simplemente no podemos alzar la voz. Sin embargo, hay múltiples formas de lograrlo y cada quien tiene la suya.

En esta sociedad atravesada por las guerras, donde vemos un genocidio en tiempo real; en una Latinoamérica donde las ultraderechas avanzan; en un México donde la violencia que vive el país se reproduce en los espacios más pequeños y en el que la oposición es capaz de hacer cualquier cosa por volver al poder sabiendo que reina la impunidad; en un mundo que ha normalizado los malos tratos de otros porque, al final, la dictadura del mindfulness nos dice que nosotros decidimos si alguien nos hace daño o no, eximiéndolos de toda la responsabilidad de lastimar a las personas, hoy más que nunca, necesitamos decir algo.
Por último, para cerrar este post, comparto una cita del texto de Freire que, de manera inadvertida por Reynolds, puede interpretarse como una mirada a su obra:
«En un régimen de dominación de conciencias, en que los que más trabajan menos pueden decir su palabra, y en que inmensas multitudes ni siquiera tienen las condiciones para trabajar, los dominadores mantienen el monopolio de la palabra, con que mistifican, masifican y dominan. En esta situación, los dominados, para decir su palabra, tienen que luchar para tomarla. Aprender a tomarla de los que la retienen y niegan a los demás, es un difícil pero imprescindible aprendizaje: es la “pedagogía del oprimido”.»
*Conoce la obra completa del autor en este enlace. Puedes encontrar varios de sus textos en YouTube con distintos narradores, algunos en español.
