También pasa aquí

La migración de mexicanos hacia Estados Unidos no es un fenómeno nuevo, como tampoco lo es el maltrato que enfrentan desde el momento en que intentan cruzar la frontera. Pero ante los hechos recientes en Los Ángeles, es imposible voltear la mirada: la indignación y tristeza son inevitables. El dolor de quienes migran ha dejado de percibirse lejano. Se siente más real y cerca que nunca.

Cada vez que escucho el discurso de políticos y muchos ciudadanos estadounidenses —con Trump como su vocero más grotesco— de que los migrantes son delincuentes, me lleno de ira. Mi enojo crece cuando son mexicanos quienes lo replican, preocupados por conservar su visa y juzgando las decisiones que tantas personas han tenido que tomar en medio de la precariedad y la pobreza que sistemáticamente han azotado al país, sumado a la violencia del crimen organizado que pone en riesgo sus vidas. Por eso resuenan con tanta fuerza las palabras del periodista salvadoreño Óscar Martínez: «El verbo de muchos de los centroamericanos que viajan ahora mismo a lomo del tren es huir, no migrar».

Con frecuencia me pregunto en qué situación estaríamos si en las elecciones del año pasado el resultado hubiera sido distinto. Si hubiéramos elegido a una alianza más cercana a los intereses de Estados Unidos, donde algunas voces parecen confiar en que ceder ante las potencias extranjeras es sinónimo de progreso. «La civilización», como algunos lo llaman. No quiero decir que el gobierno actual sea perfecto; sería ingenuo e insensible afirmarlo. Pero sí reconozco que el énfasis en la defensa de la soberanía y el valor que se está dando a la dignidad de los mexicanos bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum me parecen pasos en la dirección correcta. Admiro su temple, su firmeza y el hecho de que, al menos en el discurso, pone a México por delante. Es vital que las decisiones sigan ese rumbo y no se queden solo en retórica.

Sin embargo, a pesar de que podemos debatir sobre partidos, gobiernos o figuras políticas, hay algo que debería estar por encima de todo: la dignidad humana. Si no somos capaces de mirar el sufrimiento que tantas personas están viviendo ahora mismo, quizá no sea solo por desinformación, sino por indiferencia. O peor si ese desinterés nace precisamente de la desinformación. Eso debería incomodarnos cuando urge dejar de hablar de «los otros» y empezar a reconocernos como «nosotros».

Tal vez buscando respuestas, o al menos compañía en medio de la indignación, ayer comencé a leer Los migrantes que no importan, de Óscar Martínez, a quien mencioné antes. Y aunque solo alcancé a leer el prólogo, de inmediato vino a mi mente el álbum ilustrado de Fran Parreño y Gonçal López-Pampló titulado ¿A dónde va esta gente?, editado por Algar.

En el primer texto, Martínez explica que durante mucho tiempo el fenómeno migratorio nos pareció ajeno a quienes, en apariencia, vivimos lejos de esas circunstancias. Señala cómo el Estado mexicano permitió que el crimen organizado tomara el control de los caminos que recorren miles de personas en tránsito. Lo que creíamos tan alejado, que no nos tocaría, terminó por estallarnos de frente. Bastaron algunos hechos brutales, visibilizados gracias a periodistas serios y comprometidos, para sacudirnos y hacernos ver que la violencia que sufren los migrantes es parte de nuestra historia compartida:

«aquello parecía un problema lejano, de un México que por suerte ocurría muy lejos de las casas donde vivíamos los que leemos periódicos, los que dedicamos horas a las redes sociales, los que tomamos unas copas la noche de los viernes y vamos al cine cuando termina el domingo. Aquello ocurría en Jacumé, en La Rumorosa, en Macuspana, en Matías Romero. Aquello estaba tan lejos de nosotros como los negros que murieron de ébola».

Es así que al leer este texto periodístico, no pude evitar encontrar un paralelismo con ¿A dónde va esta gente?, un libro ilustrado que, aunque ambientado en la Segunda Guerra Mundial, dialoga de forma profunda con el presente. La migración forzada, el desarraigo, la mirada ausente de quienes huyen: todo está ahí, en sus páginas creadas con una sensibilidad conmovedora. Y no solo pienso en los migrantes de nuestro país e incluso continente, sino también en otras tragedias que cargan con el peso del silencio: como el genocidio en Gaza, ese horror que, por ocurrir lejos, muchos creen ajeno. Pero lo humano, si de verdad lo es, no debería depender de la geografía.

Estas ideas son plasmadas por Parreño y López-Pampló, quienes hacen una adaptación al poema del alemán Martin Niemöller, a propósito del nazismo:

«Cuando los nazis vinieron por los comunistas, yo no levanté la voz, porque no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, yo no levanté la voz, porque no era socialdemócrata.

Cuando vinieron por los sindicalistas, yo no levanté la voz, porque yo no era sindicalista. 

Cuando fueron por los judíos, yo no levanté la voz, porque no era judío.

Cuando vinieron por mí, ya no había nadie que pudiera protestar».

Creo que ante la fuerza de estas palabras y el poder de las ilustraciones, poco queda por añadir. Prefiero cerrar con una reflexión más de Los migrantes que no importan:

«Esto no pasa allá, pasa cada vez más acá. Esto no les pasa a los otros, sino que cada vez más a los que son como nosotros. El descaro y la barbarie son animales insaciables. Si empiezan a devorar, devorarán hasta que se les mate».

Deja un comentario