Salir de la sombra

El lado humano de la psiquiatría

“Decían que el elefante era un gruñón.

Decían que estaba ocultando su tristeza.

Decían que simplemente prefería la sombra”.

Nadine Robert y Valerio Vidali. El elefante en la sombra. Libros del Zorro Rojo1.

En El elefante en la sombra, el protagonista guarda un silencio que incomoda a quienes lo rodean. Su rostro refleja tristeza, dolor, mal humor… nadie está seguro. A su alrededor, todos opinan e intentan animarlo: le hablan, hacen bromas, se esfuerzan por sacarle una sonrisa. Pero nada funciona.

Entonces aparece un ratoncito. Llega sin hacer preguntas ni ofrecer soluciones. No tiene prisa. Y eso sorprende al elefante, pues hasta ahora todos han querido conocer su problema y arreglarlo cuanto antes. El ratón no; él solo se sienta a su lado y le cuenta su historia.

Con ese gesto, algo se abre. El elefante escucha y, de pronto, rompe en un llanto incontrolable que el ratón tampoco interrumpe. Solo lo acompaña y, al final, le pide que le cuente su historia en el camino a casa. A lo que él responde: “Lo puedo intentar”.

🌻

En esta ocasión hablo de este libro porque, desde la semana pasada que supe que murió mi psiquiatra, no he dejado de pensar en esta historia. Mi mente se fue a la vez que tuve que ir de emergencia al hospital por un episodio depresivo severo. No recuerdo por qué, pero pedí que me llevaran al Hospital Español donde, a diferencia de otras experiencias, no intentaron internarme de inmediato. Por el contrario, me ofrecieron contención y me canalizaron con quien se convertiría en mi doctor desde 2016.

Llegó el día y fui a esa primera cita más por insistencia que por convicción. Como el elefante, yo también había pasado por todo tipo de intentos por “arreglarme”: psicólogos que creían que todo se resolvía diferenciando en una tabla ideas racionales e irracionales, otros que no creían en la psiquiatría, y psiquiatras que me diagnosticaban y medicaban. Pasaba un tiempo sedada, en el que no sentía nada, hasta que las ganas de morir volvían una vez más. Los médicos solo veían síntomas y deseaban desaparecerlos cuanto antes.

Así que nunca imaginé que ese nuevo psiquiatra sería como el ratoncito de la historia. Aunque serio, era increíblemente cálido. Lo primero que hizo no fue sacar un cuestionario ni aplicar un protocolo, sino empezar a conocerme con un interés genuino. Sin embargo, yo no esperaba mucho y le di una oportunidad más por amor a mi familia que por convicción propia. Recuerdo que esa noche me dije que, si no funcionaba con él, entonces ya no tenía sentido seguir viviendo. Uno de los psiquiatras que había visitado antes me había dicho que debía resignarme a vivir deprimida porque no respondía a los tratamientos. Y en ese estado, me entenderán quienes alguna vez se hayan deprimido, prefería morir.

Pero aquí estoy, recordando a quien no solo me salvó la vida, sino que me devolvió la felicidad que creía perdida desde la adolescencia. Y no solo me salvó la vida —lo repito porque no es exageración—, sino que me la regresó llena de todo lo que creía que no existía más. Poco a poco, me ayudó a salir de la sombra. Y para quienes insisten en odiar la psiquiatría: su trabajo se basaba en medicar lo menos posible y solo si era necesario. Y si bien las medicinas hicieron lo suyo, el tratamiento fue mucho más allá de eso.

Hasta aquí, me parece importante aclarar que no menciono su nombre porque aunque quisiera que quienes me leen conocieran quién fue este hombre tan maravilloso, creo que lo más importante es respetar el duelo de su familia. Además, esta historia no es solo sobre mí: es un testimonio de que la psiquiatría puede tener un rostro humano, y que no todo se reduce a internamientos, medicamentos o violencia. Cuando escucho a quienes rechazan esta especialidad, siento ira, pero luego recuerdo que tuve el privilegio de ser atendida por alguien que, no tengo la menor duda, fue uno de los mejores psiquiatras que han existido.

Y además de compartir este testimonio, escribo porque intento darle sentido a mi dolor. Me parece increíble que la muerte de alguien con quien tuve solo una relación profesional pueda doler tanto. Pero creo que eso solo refleja la fuerza de su presencia y la bondad que trascendía las paredes de su consultorio. Me duele profundamente porque era joven y un médico como pocos; también porque no puedo imaginar el dolor de su familia.

De manera egoísta, lo reconozco, también pienso en mí y en todas esas veces en las que sabía que podía acudir a él sin importar el motivo: desde mi hipocondría, como cuando juraba tener un tumor en la mano, hasta momentos graves. Nunca voy a olvidar que estuvo ahí cuando quería morirme, que me escuchó en cada crisis y me ayudó a entender mi trastorno para aprender a vivir con él.

Supo reconocer mi sensibilidad y, en lugar de cuestionarla o intentar sedarla, me enseñó a valorarla, a sentirme orgullosa de ella. Contribuyó mucho a mi autoestima que tenía hecha pedazos desde la adolescencia. Supo cómo acompañarme cuando murió mi papá y me sostuvo en medio de ese duelo tan difícil. Pero no solo habitaba en mi presente: conocía mis planes a futuro y me animaba a perseguirlos. Sabía que necesitaba certezas y me compartía libros, explicándolos con una paciencia inmensa. En mi deseo de ser mamá, me sacó de dudas que ni siquiera los ginecólogos me habían planteado, y confiaba en que, llegado el momento, mi trastorno estaría bajo control, incluso cuando las hormonas pusieran todo a prueba. 

A pesar de la tristeza, no me queda más que pensar en que honraré su vida cuidando mi salud mental como él me enseñó. Buscaré quién me pueda dar seguimiento pronto (aunque me siento un poco traidora), y seguiré poniendo en práctica cada consejo que me dio. Me aseguraré de que nada de lo que hizo por mí haya sido en vano, y de que, entre todas las vidas que transformó, la mía siga floreciendo, en gran parte, gracias a él.

Cierro este texto con algo que me ocurrió en mi clase de yoga, al día siguiente de enterarme de la noticia. Ese día elegí como intención de mi práctica agradecerle todo lo que hizo por mí. Y, por alguna razón que prefiero no atribuir al azar, la clase se centró en asanas de apertura del corazón. Me gusta pensar que no fue una coincidencia, sino una de esas formas sutiles en que la vida nos recuerda que, incluso en los finales, hay cosas que permanecen. Y eso que permanece en mí es precisamente lo que él logró: enseñarme a abrir el corazón y enfrentar el mundo con valentía, amor y compasión. Estoy segura de que para él solo habrá luz; su alma y la de quienes tuvimos la fortuna de ser tocados por ella, nunca se ocultará en la sombra.

  1. Todas las ilustraciones del texto pertenecen a ese libro. ↩︎

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