Nota: Todas las ilustraciones fueron tomadas del libro La otra orilla de Marta Carrasco, editado por Ekaré.

Desde hace varios años, el discurso educativo predominante se ha centrado en la adaptación de los niños y adolescentes a su entorno. Se nos recuerda sin cesar que es necesario aceptar el cambio, saber navegar en la vertiginosidad, actuar en entornos caóticos. Sin duda, desarrollar habilidades adaptativas es importante, pero ¿por qué no cuestionar este discurso y redirigirlo de una aceptación pasiva al cuestionamiento de la realidad que se nos ha impuesto?
La respuesta es clara y para nada nueva. Incluso algo repetitiva en mi blog: la escuela tradicional ha funcionado históricamente como una preparación para el trabajo y la productividad, pero en los últimos años esto se ha intensificado con enfoques y metodologías que exaltan la capacitación para los «empleos del futuro», a menudo priorizando la ciencia e ingeniería y dejando de lado las humanidades. También se fomenta el emprendimiento como vía de autonomía, aunque en muchos casos deriva en la autoexplotación y el fortalecimiento de posturas meritocráticas carentes de conciencia de clase. De este modo, se privilegia lo individual frente a lo colectivo; lo que nos divide y no lo que nos une.

En este contexto, cito a Martha C. Nussbaum quien, en su libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (libro que conocí gracias a un artículo que citaré enseguida), resalta la importancia de no perder de vista el alma, no en un sentido religioso, sino de ver a los demás como seres humanos y no como medios para un fin:

«Sin embargo, parecemos olvidarnos del alma, de lo que significa que el pensamiento se desprenda del alma y conecte a la persona con el mundo de manera delicada, rica y compleja. Parece que olvidamos lo que significa acercarnos al otro como a un alma, más que como un instrumento utilitario o un obstáculo para nuestros propios planes. Parece que olvidamos lo que significa conversar como alguien dotado de un alma con otra persona que consideramos igualmente profunda y sofisticada».
En esta misma línea, el profesor Carlos Javier Serrano, en La educación en peligro: el sujeto desposeído, advierte que las nuevas generaciones han sido privadas de la ilusión por el conocimiento y plantea cuestionamientos cruciales:
«¿Nos queda solo la libertad de adaptarnos como podamos? ¿La libertad… de sobrevivir? ¿Es esto acaso la libertad? ¿Se ha convertido la educación en un dulzón y embaucador libro de autoayuda que nos invita únicamente a acondicionarnos a un contexto que nos devora pero en el que acabamos refocilándonos a fuerza de acostumbrarnos a él, a base de habitar lo inhabitable… y terminar por tragarlo con doloroso goce?»
Hoy, es notorio que la educación ha ido desplazando la reflexión y el diálogo en favor de la rapidez, la eficiencia y la capacidad de generar riqueza, de la cual no se beneficia quien la crea, sino un pequeño porcentaje de la población que la concentra. Ideas que generan una narrativa que acentúa lo distinto y no lo que compartimos como humanidad.

A su vez, las dinámicas cada vez más mediadas por medio de la IA, han impactado con fuerza en distintas áreas laborales, incluido el ámbito creativo, donde cada vez es más común acudir a ella para que proponga ideas en lugar de aventurarnos a generarlas con todo y disparates que después se convierten en grandes anécdotas. Los espacios de discusión se han ido relegando a un segundo plano: en un mundo que premia la inmediatez, detenerse a pensar en colectivo parece una pérdida de tiempo; tiempo que, irónicamente, se invierte en más y más productividad.
Si seguimos aceptando sin cuestionar la lógica de la rapidez y la competitividad en la educación, continuaremos atrapados en un carrusel que gira sin parar, que nunca se detiene y siempre llega a donde mismo. ¿Por qué no aspirar a un modelo más humano, donde el aprendizaje no se mida solo por su utilidad, sino por su capacidad de transformar nuestra relación con los demás y con el mundo que habitamos?
Ojalá que, como en La otra orilla de Marta Carrasco, podamos construir ese puente sobre el cual la alegría de conocernos se escuche con claridad. Un puente que nos acerque a ese contacto profundo con el alma, esa parte de nosotros que, al final, alberga mucho de lo que nos une como seres humanos.

