Recuperar la emoción estética

Ilustración: Peter H. Reynolds. El punto. Scholastic

En Psicopedagogía de las emociones, el psicólogo Rafael Bisquerra explica el concepto de emoción estética, el cual define como una respuesta emocional ante la belleza, especialmente la transmitida a través del arte en sus múltiples manifestaciones.

Asimismo, hace hincapié en el papel tan importante que la escuela tiene para fomentar este tipo de emociones y que un objetivo debería ser enseñar y aprender a saborearlas, lo cual no es una labor sencilla, pues requiere de una formación que lleva tiempo pero que, de trabajarse, tendría un impacto positivo en términos de bienestar personal y social.

Esta lectura de Bisquerra se me atravesó en un momento en que estaba intentando escribir (con poco éxito) una reflexión que me ha dejado el uso de Goodreads, una plataforma enfocada en la lectura, donde los usuarios pueden reseñar libros, leer opiniones de otras personas, crear comunidades virtuales, entre otras actividades. Escribía acerca de que he dejado de utilizarla desde hace algún tiempo y las razones que me motivaron a hacerlo, las cuales pueden resumirse en mi negación a que la lectura se transforme en un bien de consumo más, donde importa más el registro de libros leídos por año para completar un challenge frente a realmente disfrutar de una lectura o, incluso, aceptar que hay periodos donde por la razón que sea, dejamos de leer hasta por periodos considerables.

Descubrí que aunque nunca utilicé la plataforma al máximo (no me gustaba la idea de que fuera una red social que expusiera la intimidad que muchas veces encuentro en la lectura), me sentía presionada por lograr una meta que yo misma había puesto. Y también me noté ansiosa, dando clic tras clic, saltando de un libro a otro, anotando todos los que quería leer con una horrorosa necesidad de consumo. Además de que al ir a las librerías, ya no me entretenía dejándome sorprender por lo que encontrara, sino que iba en busca de algunos libros en específico, eliminando así la sorpresa y el asombro en una esfera más de la vida, como si la tecnología no nos hubiera quitado ya suficiente.

Si bien esta es una experiencia personal y me queda clarísimo que el uso que damos a las plataformas puede tener distintos sentidos y resultados en cada quien, me parece importante exponer el tema en un momento en que, por ejemplo, en TikTok se promueven estrategias para leer más rápido, como la llamada lectura en diagonal, cuyo propósito es retener las ideas principales sin ahondar en detalles. Repito: sin ahondar en detalles, como si la construcción de un texto literario se valiera solo de ideas importantes y el resto fuera simplemente ornamental.

Sumado a esto, las escuelas también han contribuido a la superficialidad en la literatura, desaprovechando así el gran potencial de las emociones estéticas pues, por un lado, se han censurado obras que no encajan en los discursos actuales, perdiendo así una gran oportunidad de análisis y crítica; pero también eligiendo libros aleccionadores, con moralejas, de poca calidad estética o literaria, repitiendo sin parar palabras como empatía y resiliencia, en un mundo donde más que resiliencia, muchas personas resisten porque no tienen más alternativas.

La rapidez con que buscamos resultados y lo que se privilegia desde las instituciones, como las soft skills o las infinitas certificaciones, también afecta la apreciación de la belleza del lenguaje y la introspección profunda. En esta carrera por el futuro, las escuelas olvidan la importancia del presente y del espacio para crear significados compartidos que vayan más allá del entretenimiento y la productividad.

Esta rapidez, que no obedece mas que a fines capitalistas, tiene que cuestionarse en nuestra vida personal, pero también en las otras áreas donde nos desenvolvemos, sobre todo quienes trabajamos en educación. Pues como bien se pregunta Gianfranco Zavalloni:

«Con la introducción de cada nuevo dispositivo, la raza humana se va separando cada vez más de los ritmos biológicos y físicos del planeta […] ¿Sabremos, entonces, encontrar los tiempos naturales? ¿Sabremos esperar una carta? ¿Sabremos plantar una bellota o una castaña con la certeza de que serán los hijos de los hijos de nuestros hijos quienes disfrutarán de su majestuosidad secular? ¿De verdad sabremos esperar?»

Yo agrego lo siguiente: ¿logrará la educación respetar los ritmos naturales y formar seres que puedan apreciar su entorno y crear, no para el consumo, sino para embellecer e iluminar la vida misma? ¿Recuperaremos la emoción estética si es que alguna vez la escuela tradicional la promovió? ¿Seremos capaces de trabajar en ella sin que se convierta en un océano más de estándares y acreditaciones por cumplir? ¿Podrá integrarse al trabajo diario en las aulas sin tener que anunciarse con bombo y platillo reducida a una estrategia comercial más? Mantengo la esperanza porque sé que esto sucede en muchos lugares. Y quiero creer que esto, y no la lectura en diagonal, será la tendencia algún día.

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