En esta ocasión quiero hablar de El kiosco, una verdadera obra de arte escrita e ilustrada por Anete Melece y editada por Libros del Zorro Rojo. Para explicar por qué esta historia me resultó tan significativa, necesito dar una introducción desde mi contexto profesional, el educativo, para después aterrizar en mi percepción del texto. Así que aquí va…
Una (antiutilitarista) introducción
Se ha vuelto un cliché, aunque no por eso deja de ser cierto, que vivimos demasiado aprisa. Como pedagoga, advierto con mucha preocupación que esta premura está cada vez más impregnada en la escuela. Casi todo el tiempo me doy cuenta de que el discurso sobre la importancia de preparar a los estudiantes para el mundo laboral, independientemente de su edad, se escucha y prioriza tanto en las instituciones como en las propias familias. De hecho, muchas de ellas exigen certificaciones desde edades tempranas, sobre todo en el uso de tecnología y lenguas (con predominio del inglés).

Tal como advierte Domènech Francesch en la introducción a la Pedagogía del caracol, esta velocidad no nos lleva a ninguna parte y, por el contrario, «contamina la escuela, la desnaturaliza y la convierte en una institución en la que palabras como excelencia, promoción, resultado, competitividad o selección vuelven a estar muy de moda».
Y, en definitiva, estas palabras no son inofensivas. Aunado a esto, todo el tiempo se hace énfasis en adquirir las habilidades que buscan los empleadores y en recordarnos cuáles serán las carreras más solicitadas en un futuro, pues en una evidente confianza ciega en la meritocracia, algunos aseguran que si las generaciones más jóvenes las eligen, triunfarán en la vida (sobra decir que, bajo esta perspectiva, triunfar es enriquecerse). Y como es de esperarse, el papel de las humanidades es casi inexistente.
Así, programas y todo tipo de materiales educativos se moldean para encajar en esa promesa de éxito que omite algo imprescindible: la niñez y la adolescencia son etapas tan válidas como la adultez. Los niños y adolescentes no son adultos en formación y no representan solo el futuro: son el presente. Además, no todos tendrán los mismos sueños ni aspiraciones. Y habiendo tantas formas de plantearles un posible futuro, ¿por qué reducirlo de esta forma?

Ante estas demandas, el mundo editorial ha tenido que ceder y, por tanto, es cada vez más común encontrar libros considerados políticamente correctos, obras clásicas reconstruidas y censuradas, personajes jóvenes que proponen soluciones adultas, así como nuevos roles, como indican Teresa Colomer e Isabel Olid en su artículo Princesitas con tatuajes, personajes femeninos que, por irónico que parezca, promocionan valores bajo estereotipos masculinos reflejados en el papel de lo que ellas llaman supermujeres: «Son bonitas, inteligentes, valientes, saben muchísimo sobre las cosas más variopintas, menosprecian la frivolidad, provocan la admiración una pizca acomplejada de los héroes y son las únicas que parecen tener un cabello anodinamente castaño».
Aunado a esto, Marcela Carranza critica el uso «farmacológico» que se le ha dado al libro infantil y juvenil, convirtiéndolo en un recurso de auxilio para el adulto ante ciertos temas; no por nada El monstruo de colores ha sido de los más vendidos para el público infantil, sin contar todos los productos que de la historia inicial se han derivado. Y como sostiene Roy Berocay en su conferencia El didactismo como barrera en la creación para niños, «la prescripción de lo correcto y lo educativo muchas veces subestima la capacidad del lector infantil para interpretar las propuestas artísticas».
Cansada de estos mandatos a mi profesión de elegir las últimas tendencias pedagógicas, por lo general poco sustanciosas pero bien envueltas por un nombre en inglés, de acelerar los procesos de aprendizaje de niños y adolescentes, de atiborrarlos de contenidos y de las exigencias por presentar materiales que resaltan valores económicos y aspiraciones capitalistas, me encontré con El kiosco, del cual ahora sí hablaré.
¿De qué trata El kiosco?

Este libro es una adaptación del cortometraje hecho por su autora, Anete Melece, el cual fue creado a partir de su experiencia al sentirse estancada trabajando en una agencia publicitaria. En él se muestra la historia de Olga, una mujer que trabaja y habita dentro de su kiosco. Está literalmente atrapada en este pequeño espacio, un sitio por el que apenas y puede moverse y donde están todas sus cosas. Su vida ocurre de la misma manera cada día y, aunque se percibe algo de gozo en ciertos momentos, también siente mucha tristeza y tedio. En sus tiempos libres ve revistas de viajes y sueña con irse a vivir a la playa. De pronto, hace un viaje hasta el destino con el que tanto soñó y donde se queda a vivir y a vender helados. Una travesía muy cómica, por cierto.
Mi cariño hacia Olga
La principal razón por la que me parece tan entrañable el relato es por la misma Olga, un personaje que no ha estado exento de polémicas en ciertos sectores que consideran a la LIJ como algo que debe ser aleccionador en todo momento. Se le han hecho críticas por ser una mujer obesa e incluso se ha cuestionado a la autora por qué no la hizo bajar de peso para poder salir del kiosco, a lo que ella ha respondido que sería muy aburrido, además de que la historia no trata de ser gorda, sino de estar estancada; y añade que se puede seguir y alcanzar un sueño como estamos ahora mismo.

Bosquejo tomado del blog Picturebook Makers
De nuevo traigo a colación la charla de Roy Berocay, quien señala que se está promoviendo una literatura que crea burbujas y forma «niños a los que les damos las cosas previamente digeridas, inocuas, que te muestran un mundo hermoso, donde todos se tratan bien, hablan correctamente, nadie empuja en las filas, nadie es malo, nadie pega, nadie se lastima, nadie sangra».
En cambio, a pesar de que calificaría El kiosco como un libro alegre y esperanzador, no deja de tocar temas como la monotonía pero desde una perspectiva que a mi juicio es más real. En otros libros y películas, ésta suele ilustrarse como un eterno descontento, algo de lo que hay que huir siempre pero, en el caso de Olga, se observan momentos de gozo aunque sean breves (o así lo percibo yo). Y es que en la monotonía también se sueña.
Así, me da la impresión de que en esta vida de la que quiere escapar no todo es amargura, incluso refleja cómo la monotonía puede producirnos comodidad hasta cierto punto.

Anete Melece. El kiosco. Libros del Zorro Rojo
De la mano de esta misma idea, disfruté la forma divertida en la que su vida cambió de un momento a otro, y es que es justo como a muchas personas nos pasa. A veces decidimos hacer un cambio drástico porque algo nos obliga a hacerlo, no siempre por tener el coraje, y eso también es válido. No estamos forzados a lograr actos heróicos, pues muchas veces más que por falta de valentía, son otras causas las que determinan la posibilidad de dar un giro tan grande.
Asimismo, no puedo obviar algo que me parece increíble: el sueño de Olga. Melece afirma que al pensar cuál sería, se preguntó si el personaje soñaría con encontrar el amor romántico o si desearía cambiar de modo radical de ocupación y volverla una cantante de ópera. Creo que esas ideas serían algo esperado, sobre todo creo que en nuestros tiempos la opción de un cambio de profesión hacia algo más redituable en términos económicos sería el camino elegido. Por eso, para mí, el que decida vender helados es algo inesperado y genial.

Short film about getting free | «The Kiosk» – by Anete Melece
Pues como la misma autora concluye: al estar literalmente atrapada, todo lo que soñaba era la libertad. Y para Olga la libertad no implicaba un cambio total de vida ni de su esencia. Lo que ella quería era vivir en la playa y ser testigo de los atardeceres más paradisíacos: un sueño bastante ajeno a las profesiones del futuro, para el que no se necesitan certificaciones de renombre ni internacionales. Lo que ella deseaba era su propio concepto de libertad, construido desde su personalidad y sus necesidades.
¿Por qué me resultó tan significativo en este momento?
Con lo que he escrito hasta ahora, quizá sea demasiado evidente el significado que esta obra tiene para mí. En primer lugar, es un libro para niños que presenta una nueva idea de los sueños que tenemos, que no siempre están orientados a la monetización. Es una forma de ver que existen muchos destinos. Es decir, es válido soñar con grandes puestos en empresas y con ser millonario, pero también mediante la literatura podemos ofrecer otros caminos alejados de la lógica capitalista.

Anete Melece. El kiosco. Libros del Zorro Rojo
También me hizo replantearme mi propio kiosco. A diferencia de Olga y por fortuna, no me siento atrapada en mi trabajo, pero sí en lo que la educación se está convirtiendo y que desde hace tiempo se ha señalado: en una mercancía más que debe ajustarse a las demandas sociales para que se invierta en ella.
En cambio, tengo mucha más esperanza en la LIJ porque, por fortuna, se siguen produciendo (y cada vez más) obras que no parten del adultocentrismo y que se centran en cosas bellas, pero también en temas desafiantes y en realidades adversas. Mi tristeza se orienta más hacia lo que las escuelas y universidades están construyendo, en las necesidades que algunas familias están interiorizando, en un interés más económico que educativo; temo que mi profesión termine al servicio del capitalismo caníbal, recurriendo al concepto de Nancy Fraser.
En pocas palabras, luego de leer El kiosco me dan ganas de replantear muchas cosas de mi vida profesional. Por fortuna me gusta mucho mi trabajo y no siento la necesidad de huir. Pero me cuestiono mucho cómo no terminar siendo parte de esto que critico. Sin duda, tengo mucho que pensar…

Anete Melece. El kiosco. Libros del Zorro Rojo
