Ilustración: Jairo Buitrago y Rafael Yockteng. Eloísa y los bichos. Tajamar.
En esta ocasión escribo un texto sobre mi familia nuclear como pequeño desahogo de cosas que he ido entendiendo con el tiempo. Lo acompaño de ilustraciones de libros que me han ayudado a comprender mi propia historia, aunque no profundizo en ellos, sino que los integro como complemento ante la limitación de mis palabras para explicar ciertas cosas.
Empiezo con un recuerdo que solo evoco los días que me siento fuerte o cuando necesito llorar. Se trata de la última vez que vi a mis papás juntos. Fue una Navidad antes de la pandemia y la imagen que tengo de ellos es la de un abrazo del que, afortunadamente, hay una fotografía. Mi mamá sonríe y él la abraza con fuerza, con los ojos cerrados, transmitiendo un profundo sentimiento de amor y agradecimiento. Siempre que repaso esa noche, me pregunto si la historia sería igual si no hubieran tomado la decisión de separarse. Lo más probable es que no.
Flor Aguilera y Leonor Pérez. Antes de mí. Loqueleo.
Ese mismo recuerdo hace que se me desaten otros más, como cuando era pequeña y los escuchaba platicar y jugar Backgammon desde mi recámara en lo que yo consideraba altísimas horas de la noche. También me acuerdo de que de adolescente no soportaba verlos besarse o abrazarse. O cuando mi hermano y yo sentíamos que se unían en nuestra contra. O la sonrisa enorme de mi mamá (la persona con la sonrisa más hermosa del mundo) con una panzota de embarazo, con la expresión relajada, como si mi hermano y yo no hubiéramos sido bebés gigantes.
Aurore Petit. Una mamá es como una casa. Amanauta.
Mientras lo escribo, sonrío, porque quiere decir que gran parte de mi vida cotidiana durante la infancia la pasé en un entorno amoroso, en el que hubo todo tipo de gestos de cariño. Puedo decir que las fotos de mis papás de jóvenes, incluso antes de que yo naciera, me apapachan el corazón.
Flor Aguilera y Leonor Pérez. Antes de mí. Loqueleo.
Sin embargo, un día mis papás se separaron. Este es uno de los momentos que más nos marcan como hijos a quienes lo vivimos. Algo que lo hace más difícil es que mucho se habla y reconoce un largo matrimonio, aquel que todo lo resiste. No digo que no sea algo admirable, pero hay personas que permanecen juntas hasta la muerte en el más absoluto silencio, en el desconocimiento total de su pareja, incluso en el enojo y el rencor. La historia de mis papás no es fácil, aunque para mí es extraordinaria. Habla de dos personas que crecieron y maduraron y tengo la certeza de que se despidieron como amigos, con la complicidad que surge de vivir años con una persona y con ese vínculo que el matrimonio formó en ellos, el que compartieron incluso en los peores momentos porque mi hermano y yo fuimos el punto de unión obligado. Y jamás nos abandonaron.
Sophie Beer. Familias llenas de amor. Edelvives.
Pienso (y espero) que el hablar de familias diversas hoy reconforte un poco a quienes estén pasando por un momento así. Por lo menos a mí me tomó bastante entender que una separación no destruye a una familia ni es motivo de vergüenza, sino que la redefine. Y es en esta redefinición donde se forjan nuevos lazos, mientras algunos se debilitan y otros tantos se fortalecen. No es una catástrofe; es un cambio. Mi mamá y mi papá tuvieron que construir nuevos hogares por separado y por un tiempo anduvimos por la vida sintiéndonos bichos raros. Hasta que lo aceptamos: somos diferentes.
Jairo Buitrago y Rafael Yockteng. Eloísa y los bichos. Tajamar.
Lo cierto es que si hubiera entendido esto antes, seguro mi papá y yo nunca nos hubiéramos distanciado como lo hicimos alguna vez. Pero prefiero conservar el recuerdo de nuestros últimos años juntos en los que, para mí, juntos construimos un refugio en el que me gustaba pasar temporadas y en el que siempre me sentía segura. Junto a él no sentía miedo.
Oliver Jeffers. Lo que construiremos. Fondo de Cultura Económica.
Así, aunque construimos hogares físicamente separados, hay algo que nos une a los cuatro. Es esa idea que mi papá tanto me enfatizó antes de morir, que pase lo que pase, somos y seremos cuatro: mi mamá, mi papá, mi hermano y yo. Lo entiendo mejor ahora que en la familia que he formado con mi pareja somos tres, y siempre lo seremos; o cuatro también, espero. Hay uniones que no se rompen porque el amor las sostiene. Eso es lo que dignifica a las familias, y no la idea de que vale la pena sufrir a pesar de todo.
Sophie Beer. Familias llenas de amor. Edelvives.
Juntos, los cuatro construimos un muro inquebrantable. Nos dimos cuenta de que las personas forman juicios que nos lastiman. Ante los ojos de algunos, mi papá era un loco porque siempre dijo lo que pensaba. Otros hacen conjeturas a partir de una imagen que formaron de nosotros hace tiempo, como si no hubiéramos cambiado… ¡y vaya que lo hicimos! Todo eso duele mucho y no queda más que protegernos.
Oliver Jeffers. Lo que construiremos. Fondo de Cultura Económica.
Eso sí, el dolor no nos gana, solo nos vuelve cautelosos. La reflexión que me queda y me abraza es esta: los que nos quedamos aquí, mi mamá, mi hermano y yo, estamos lejos de ser una familia tradicional. Ante los ojos de otros, somos raros, ermitaños, no nos visitamos lo suficiente porque vivimos en ciudades distintas. Ignoran mucho de nosotros porque hemos creado un caparazón muy fuerte y no estamos dispuestos a abandonarlo, por lo menos ahora. Dentro de él nos refugiamos los tres; y cada uno lleva una parte de mi papá en su corazón. Al final, como decía mi ruquito: siempre seremos cuatro.
